17 de febrero: Primera visita anual a la dolina de Lubierri (Urbasa-Andia)
June Hidalgo
El pasado 17 de febrero regresamos al Parque Natural de Urbasa-Andia para continuar con el seguimiento de la dolina de Lubierri. La lluvia no nos dio tregua durante buena parte de la jornada, pero aun así pudimos completar las tareas previstas. En esta ocasión, el objetivo principal era descargar los dataloggers de luz y temperatura instalados meses atrás y recoger muestras vegetales tanto del interior como del exterior de la dolina. Con estas muestras queremos analizar si las condiciones microclimáticas generadas por la propia geomorfología que caracteriza a las dolinas pueden modular la respuesta al frío de las plantas que viven en ellas.
Además, instalamos un nuevo registrador de luz y temperatura en la parte más elevada de la dolina, en una zona libre de la sombra del arbolado. Este sensor actuará como punto de control, permitiéndonos comparar la intensidad lumínica real con la que registran los sensores situados bajo el dosel del bosque.
Izquierda: instalación del sensor “control” de temperatura y luz. Derecha: detalle del sensor instalado. Abajo: vista general de la zona donde se ubica el sensor “control”.
Como hemos observado con los datos recogidos hasta el momento, existe una marcada variación altitudinal de la temperatura a lo largo de la dolina. Un ejemplo muy claro lo encontramos en la temperatura mínima absoluta registrada por los sensores, que es varios grados inferior en el fondo de la dolina respecto a los puntos más elevados de la misma, lo que indica una acumulación de aire frío en las partes más bajas.
Variación espacial de la temperatura mínima absoluta en la dolina de Lubierri. Cada punto representa la localización de un sensor de temperatura y el color indica la temperatura más baja registrada durante todo el periodo de estudio. La X marca la ubicación del nuevo sensor instalado en este muestreo.
Además, según los registros obtenidos hasta ahora, el fondo de la dolina experimenta las oscilaciones térmicas más intensas respecto a las zonas externas, especialmente entre primavera y otoño (ver siguiente gráfica). Durante ese periodo, las temperaturas máximas son más altas y las mínimas más bajas en el fondo que en el exterior, mostrando un comportamiento térmico más extremo. Este mayor contraste térmico puede suponer un estrés adicional para las plantas que crecen en el fondo de la dolina, condicionando su fisiología, ciclos fenológicos, distribución a lo largo de la dolina y forzando la aclimatación a temperaturas más extremas.
Graficas de la temperatura máxima (arriba) y mínima (abajo) a lo largo de todo el periodo de muestreo.
Como se puede observar en las gráficas de temperatura, el descenso más acusado de temperaturas en el fondo de la dolina se dio a principios de enero de 2026. Aquella noche se alcanzaron −17,2 °C en el fondo, mientras que el sensor situado en la zona más exterior marcó −7 °C. Diez grados de diferencia dentro de la misma dolina, contraste que ilustra la intensidad de la acumulación de aire frío en estos enclaves.
En cuanto a los ensayos de congelación realizados con las muestras vegetales recogidas durante la campaña, no se observaron grandes diferencias en la capacidad de tolerancia entre los individuos situados en el fondo y en el exterior de la dolina. Sin embargo, sí se ha detectado una tendencia interesante en los puntos de nucleación, ya que, en general, las plantas del fondo presentan temperaturas de nucleación ligeramente más bajas que las del exterior. El caso más llamativo es el del narciso, donde se registró una diferencia de 3,2 °C entre individuos del fondo y del exterior, lo que podría indicar una mayor capacidad de superenfriamiento en las plantas sometidas de forma más frecuente a temperaturas más extremas.
En las próximas campañas continuaremos ampliando la serie temporal de datos y profundizando en el análisis de las muestras vegetales recogidas, con el objetivo de comprender mejor cómo estas diferencias microclimáticas influyen en la fisiología, la aclimatación estacional y la capacidad de adaptación de las plantas que habitan estos enclaves singulares.



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